jueves, 26 de septiembre de 2013

Ayer sucedió algo muy lindo. Vino un Sr. que hizo unas refacciones hace un tiempo, y apenas entró a casa, Agustín comenzó a sonreirle y tomarlo de la mano para llevarlo al playroom. Agustín se mostraba tan feliz! Había un brillo tan especial en sus ojos... Luego el Sr. subió al playroom para ver unas refacciones que hay que hacer y Agustín empezó a mostrarle algunas de las cosas espectaculares que sabe hacer, como rebotar con la pelota gigante contra la pared sin que sus pies toquen el suelo, o saltar, casi hasta tocar el cielo con su pelota maní, todo esto mirándolo a los ojos y con una sonrisa plena. Cuando el Sr. se alejó del playroom para ir a los dormitorios, Agustín saltó de su pelota maní y fue detrás del señor. Volvió a tomarlo de la mano, mirándolo a los ojos y sonriendole, para llevarlo nuevamente, a su lugar de los milagros.
Hace unos años atrás, mi sensación era, que las personas eran como sombras para el. 
Luego, esas personas que parecían solo sombras, comenzaron a esperarlo incondicionalmente, a unirse a sus rutinas, que para muchos eran algo locas, a amar el tiempo que pasaban con el. Cada segundo. Aprendieron a estar presentes.No hablo del amor, porque siempre lo amaron, simplemente dejaron de juzgar. Esas personas empezaron a escuchar sus propios corazones en vez de las voces del universo. Esas personas, aprendieron a confiar en Dios, en ellos mismos y en su propio niño, en vez de en personas que con solo pasar cinco minutos con su niño, creían podían decirles que hacer o incluso que decir.

Las personas dejaron de ser sombras, para ser amigos. Y hoy, después de algún tiempo, el tiene una gran visión. Ve amigos. Aunque el propósito que acerque a las personas a nuestro hogar no sea la búsqueda de su amistad, el hoy puede ver amigos. El no discrimina por edad, tamaño, profesión o color. El no discrimina por religión ni nacionalidad. El ve la sencillez y la bendición, de la verdadera amistad que una persona puede dar.